En uno de esos momentos de absoluta pereza que te llevan a claudicar frente al televisor y a zapear sin recato -momento que si me pusiera estupendo cual Max Estrella llamaría mi spleen de Madrid- tropecé con un periodista, y luego otro, y otro más, que aseguraba que la noticia más importante del año que acaba es la llegada de Barak Obama a la presidencia de los Estados Unidos de Norteamérica. Y para sostenerlo él, y los otros, echaba mano de una gestualidad que cree profesional; y también de un lenguaje manido que juzga propio de un periodista que da el paso decisivo (suena entonces -como en 2001, una odisea del espacio- la música de Richard Strauss) y se convierte en analista de la actualidad. Pardiez, digo yo.
La economía del planeta -nunca tuvo más sentido usar esta expresión- se está derrumbando y todavía hay periodistas dispuestos a señalarnos que no, que lo más importante ha sido la elección de Obama. ¿Es que no se dan cuenta de lo que está pasando? ¿Es que creen que sólo se ha tratado de la quiebra de unos cuantos bancos? ¿No ven que la crisis es de unas dimensiones nunca conocidas? El crack bursátil y financiero sólo es una parte de lo que ha ocurrido. De hecho, y aquí sólo sigo lo dicho por notables analistas como Krugman o Stiglitz, no sabemos a ciencia cierta (¿puede hablarse en economía de “ciencia cierta”?) cuál es el tamaño del monstruo. Estamos tan cerca que apenas logramos ver las escamas de su piel, su color, acaso una de sus extremidades, pero no el cuerpo al completo. Ya nada será lo mismo. O peor, ¿cómo vamos a pretender que las cosas vuelvan a su sitio, el que era para disfrute de occidentales como nosotros?. La crisis que sabemos ha estallado pero no sabemos cuándo remitirá, si es que lo hace, va a acentuar dos fenómenos ya existentes: la deslocalización -ya se sabe, el dinero sólo sabe de cómo crecer y multiplicarse- y el cambio climático. Y todo ello en un nuevo contexto en el que el poder de los países emergentes es ya innegable. China, India, Brasil, Corea... producirán -y producen ya- muchos de los bienes que fabricábamos en Europa -¿cuántos años le queda a la factoría de Renault en mi ciudad, Valladolid?-. Y si es así, cómo convencerles de reducir sus emisiones de CO2 ahora que crece su poder y decrece el de ese Occidente que marcaba leyes y pautas.
Es un discurso habitual de los ecologistas, que sostiene mi querido poeta Jorge Riechmann, y que escuché recientemente de labios de Fernando Sánchez Dragó: el planeta no da más de sí. No podemos creer que podemos volver al punto en que la economía estaba antes de que alguien en EE.UU. inventara las hipotecas basura. Basura, eso es lo que nos sobra, y acabará por devorarnos -ya veo a Wall-E trabajando en solitario, esperando a Eeeeeeva-. Y es seguro: Europa no volverá a ser lo que fue. Ay, este país, que siempre llega tarde; esta vez al estado del bienestar, ese que ya se acaba.
















