Monstruo

martes, 30 de diciembre de 2008
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En uno de esos momentos de absoluta pereza que te llevan a claudicar frente al televisor y a zapear sin recato -momento que si me pusiera estupendo cual Max Estrella llamaría mi spleen de Madrid- tropecé con un periodista, y luego otro, y otro más, que aseguraba que la noticia más importante del año que acaba es la llegada de Barak Obama a la presidencia de los Estados Unidos de Norteamérica. Y para sostenerlo él, y los otros, echaba mano de una gestualidad que cree profesional; y también de un lenguaje manido que juzga propio de un periodista que da el paso decisivo (suena entonces -como en 2001, una odisea del espacio- la música de Richard Strauss) y se convierte en analista de la actualidad. Pardiez, digo yo. 

La economía del planeta -nunca tuvo más sentido usar esta expresión- se está derrumbando y todavía hay periodistas dispuestos a señalarnos que no, que lo más importante ha sido la elección de Obama. ¿Es que no se dan cuenta de lo que está pasando? ¿Es que creen que sólo se ha tratado de la quiebra de unos cuantos bancos? ¿No ven que la crisis es de unas dimensiones nunca conocidas? El crack bursátil y financiero sólo es una parte de lo que ha ocurrido. De hecho, y aquí sólo sigo lo dicho por notables analistas como Krugman o Stiglitz, no sabemos a ciencia cierta (¿puede hablarse en economía de “ciencia cierta”?) cuál es el tamaño del monstruo. Estamos tan cerca que apenas logramos ver las escamas de su piel, su color, acaso una de sus extremidades, pero no el cuerpo al completo. Ya nada será lo mismo. O peor, ¿cómo vamos a pretender que las cosas vuelvan a su sitio, el que era para disfrute de occidentales como nosotros?. La crisis que sabemos ha estallado pero no sabemos cuándo remitirá, si es que lo hace, va a acentuar dos fenómenos ya existentes: la deslocalización -ya se sabe, el dinero sólo sabe de cómo crecer y multiplicarse- y el cambio climático. Y todo ello en un nuevo contexto en el que el poder de los países emergentes es ya innegable. China, India, Brasil, Corea... producirán -y producen ya- muchos de los bienes que fabricábamos en Europa -¿cuántos años le queda a la factoría de Renault en mi ciudad, Valladolid?-. Y si es así, cómo convencerles de reducir sus emisiones de CO2 ahora que crece su poder y decrece el de ese Occidente que marcaba leyes y pautas.

Es un discurso habitual de los ecologistas, que sostiene mi querido poeta Jorge Riechmann, y que escuché recientemente de labios de Fernando Sánchez Dragó: el planeta no da más de sí. No podemos creer que podemos volver al punto en que la economía estaba antes de que alguien en EE.UU. inventara las hipotecas basura. Basura, eso es lo que nos sobra, y acabará por devorarnos -ya veo a Wall-E trabajando en solitario, esperando a Eeeeeeva-. Y es seguro: Europa no volverá a ser lo que fue. Ay, este país, que siempre llega tarde; esta vez al estado del bienestar, ese que ya se acaba.
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Haiku

lunes, 29 de diciembre de 2008
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en invierno, cada árbol
como un farol apagado
que lo ilumina todo
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Regalo

viernes, 19 de diciembre de 2008
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Ni lo apoyo ni lo censuro, sólo lo describo: la gente está dispuesta a intercambiarse regalos en los próximos quince días. Te guste o no, si te toca, aquí dejo una sugerencia. Es un alimento ideal para el cerebro. Su consumo produce pensamiento, risa interna, lucidez y certidumbre, cosas todas muy recomendables. Me refiero a la obra de Miguel Brieva, un dibujante sevillano que me tiene entusiasmado desde que hace meses -tardíamente- lo descubrí.

Vitriólico sin límite, las viñetas y los textos de Brieva describen con eficacia de forense la sociedad en la que vivimos, tan apartados de moral alguna, tan derechos todos al pozo de la ambición y la irresponsabilidad. Y para hacerlo se apoya en unos textos irónicos que contrastan con un dibujo de raíz realista, tomado de los dibujos que acompañaban a la primera publicidad anterior al uso de la fotografía. El mismo rostro que hace cincuenta años sonreía ante las virtudes de un televisor, hoy lo hace ante las calamidades de este planeta que vamos matando morosamente o ante la posibilidad de educar a nuestros hijos en no pensar. Aquella sonrisa profidén sirve ahora para certificar que nos estamos suicidando óptimamente. Con las viñetas de Brieva te ríes un más que con El Roto -un hermano de sangre-, pero luego te queda dentro del estómago la misma patada imaginaria. Y aunque lo que publicó este verano en El País estuvo un poco por debajo de lo esperado, a este dibujante sevillano habría que decirle lo que el pueblo entregado clamaba en la genial Amanece que no es poco: "Todos somos contingentes sólo tú eres necesario".

Si lo dicho te interesa, toma nota de Dinero. Es una revista que editó el propio Miguel Brieva y que ahora, que ya no existe, aparece en un sólo número. Fácil de localizar: la he visto en las grandes superficies culturales (¿no es casi contradictorio en sus términos?), pero mejor si la compras en alguna pequeña tienda. Tu cerebro, o el de aquel a quien regales, te lo agradecerá.
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Zapato

jueves, 18 de diciembre de 2008
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El periodista le lanzó un zapato al presidente y luego otro. Y descalzo fue detenido. Montazer al Zaidi -así se llama el cronista- se enfrenta ahora a la posibilidad de pasar quince años en prisión, mientras que George Bush -así se llama el presidente de los Estados Unidos de Norteamérica- dejará la presidencia de su país y marchará andando sin prisa -y con sólo las pausas que le exijan sus negocios petrolíferos- a su soleado retiro en Texas. Quien quedará sin libertad no será la persona que ordenó la muerte de miles, sino el gacetillero que hizo munición de sus zapatos.

Pero lo que más me interesa del incidente está en el hecho de que Montazer al Zaidi, al lanzarle su par de zapatos a Bush, rompió la sagrada norma del periodista que es convocado a una rueda de prensa o a un hecho informativo. No es él quien acude; lo hace por delegación de su medio, de su empresa o de sus lectores (esto último lo diría quien aún cree que un medio de comunicación representa a alguien más que a unos empresarios con interés en ganar influencia, poder y dinero). El periodista es un enviado; literalmente. Actúa por delegación. De hecho, se es profesional cuando no se interfiere (¿cuando no se piensa de modo autónomo?), cuando se asume el credo de la empresa para la que se trabaja. En suma, cuando uno se somete a la autocensura. Algunos, a veces, logran identificarse con el medio para el que trabajan y duermen más tranquilos. Ello sabrán.

Pero Al Zaidi se cansó de ser un enviado, un delegado, de representar su papel, y en esa rueda de prensa decidió ser no el periodista Montazer al Zaidi sino el ciudadano Montazer al Zaidi. Así, por fin, pudo expresar su ira y la de millones de iraquíes. ¿Para cuándo más ejemplos?
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Sr. Ito 2

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Cairo

miércoles, 17 de diciembre de 2008
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gato negro espiga
entre los cardos encarnados
amapolas del habla

follaje del mediodía herido
como sopa de dientes
y muelas los hombros sobre los besos

bailan las crines
de tanto verdor saludan
al paso oscuro del animal
que todo lo entiende
lo sabe lo ignora
___________

Murió hace un año, sin poder cumplir los trece. Era mi gato oscuro, negro... bueno.
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Lenguaje

martes, 16 de diciembre de 2008
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Ese bien supremo creado por seres humanos para compartir nuestro gozo de vivir. El mismo lenguaje que el poder y el dinero -los insaciables afanes del capitalismo- no dudan en prostituir y corromper días tras día. Anoche vi una película que reflexiona sobre ello con crudeza y lucidez. La cuestión humana habla -entre otras cosas- de cómo el poder nos ha robado el lenguaje para congelarlo, descorazonarlo, al punto de que no exprese nuestras emociones, o que al menos no podamos usar el lenguaje para expresarlas, atascando así nuestro organismo en lo más íntimo y profundo. Es una buena película, aunque peque de ampulosidad, de cierto exceso... ah, qué difícil que el creador calle a tiempo, ceda a tiempo y se percate de que lo necesario ya ha quedado dicho! El film de Nicolas Klotz nos cuenta que “los malos”, lejos de ser vencidos alguna vez, se regeneran, se ocultan bajo nuevos disfraces, dispuestos siempre a congelar los intrínsecamente humano. La película habla de cómo los poderosos enfangan nuestras palabras, pero este hecho -a otro nivel y en otra dimensión- se manifiesta en todos los órdenes. La publicidad televisiva es el ejemplo más inmediato. Me asombra, divierte y fascina la creatividad publicitaria -cada vez menor en los spots que se ven en España-, pero al tiempo no puedo sino señalar el uso tramposo que hacen del lenguaje, de la información insinuada pero no aportada o hasta manipulada. El dinero manda. Llamar a las cosas por su nombre, dice el dicho y predicaba el orgulloso genio de Wittgenstein, y nunca estuvimos tan lejos de lograrlo. Hace unos días en el cartel con el que un restaurante anunciaba su menú, el responsable había escrito: Carpaccio de patata y tomate. Suena moderno, atractivo; segregamos más saliva (¿mental?) al leerlo. Pero la ensalada campera nunca fue un carpaccio, eso queda para carnes y pescados... salvo que Ferrán inventé lo contrario. Si es así, seré el primero en reconocerlo.
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Labor

lunes, 15 de diciembre de 2008
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Por todos los rincones sopla hoy como cuchillas el frío del invierno, lento. En un parque urbano -descuidado, seco y vacío- un pájaro posado sobre la rama picuda del arbusto: función, labor, sentido, lugar...
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Sr. Ito 1

domingo, 14 de diciembre de 2008
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señorito, ta.

(Del dim. de señor).

1. m. y f. Hijo de un señor o de persona de representación.

2. m. y f. coloq. Amo, con respecto a los criados.

3. m. coloq. Joven acomodado y ocioso.

4. f. Término de cortesía que se aplica a la mujer soltera.

5. f. Tratamiento de cortesía que se da a maestras de escuela, profesoras, o también a otras muchas mujeres que desempeñan algún servicio, como secretarias, empleadas de la administración o del comercio, etc.
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Aspiración

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Con gran sosiego
camino solo, y solo
me regocijo.

Matsuo Basho
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Solar

sábado, 13 de diciembre de 2008
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Espero. Es un barrio extraño. Pura transición. Avanzan los edificios residenciales; muere el tejido industrial que aquí tuvo su sitio. Pero muy despacio. La crisis ha ralentizado el proceso, y se ven casas nuevas y vacías junto a naves y garajes cerrados y en silencio. Es como si la vida no acabara de llegar. El sol de invierno -¡cuántas veces me ha salvado!- proyecta mi sombra en un solar abandonado. Es un escenario de mi infancia. Por todas partes, arbustos, cardos, malas hierbas. Una suerte de botánico de especies despreciadas. Entre tallo y tallo, a veces, una botella de cristal, un trozo de papel: desechos. Trastienda urbana. En un extremo, como resto de algo más hermoso que ya pasó, un sauce completamente pelado por el otoño. Es un no-lugar, un espacio en el que nadie repara, un espacio en situación de espera. Antes fue campo, naturaleza; ahora aún no es ciudad. Periferia. Lugar por el que los transeuntes cruzarían sus pasos pero no sus miradas. Marcharían deprisa, incómodos. Recuerdo esos lugares. Eran un espacio perfecto para el niño que éramos. Ya nos habíamos bajado de los columpios, pero aún no habíamos cruzado el río, camino de la vida urbana y el juego del amor. Aquellos solares remotos, desmadejados, tenían algo de juguete para armar o de arcilla para moldear. Dentro de ese espacio era posible imaginar otras realidades. La "tierra de irás y no volverás"; el viaje "de la lotería"; y los cardos eran los mayas.
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Nota 3

viernes, 12 de diciembre de 2008
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Del empeño de nuestra paciencia naceremos un día árboles. Completos y permanentes.
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Nota 2

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Hacer el silencio dentro de mí. Callarme; cesar mi ruido, que no mi voz, que crece al callar.
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Nota 1

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Error: pensar que la vida es, necesariamente, una línea de continuo aprendizaje.
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Metáfora

miércoles, 10 de diciembre de 2008
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Al igual que Jorge Riechmann tituló uno de sus libros de poesía El día que dejé de leer El País (con el que ganó el premio Hiperión), yo debiera titular uno de los míos -para que como el resto quedara en un cajón, sin publicar- El día en que dejé de andar por mi derecha. Aunque le disgustara a mi madre. Y no, no es en absoluto anecdótico. De niños, mi madre nos enseñó a los cinco que en la calle uno andaba por su derecha. ¡En qué día! En qué momento mi madre me enseñó eso que llamaban urbanidad (¿Es que no os enseñan educación en el colegio?, preguntaba mi padre. Pues no, la educación nos la enseñabais vosotros). No, no había muchas más nociones en el temario. Las básicas; las del sentido común. Pero fueran pocas o muchas, eran un manual que uno cumplía porque los demás lo harían también. Y como resultado de llevar cada uno su derecha (es una expresión un poco dura para los que nos decimos de izquierdas) la vida sería más fácil, ordenada, fluida... el menos en la calle. Llevar cada uno su derecha. Pero, como siempre, la realidad era otra.

No existían el Ratoncito Pérez, ni los Reyes Magos (pero sigo adorando la mañana del 6 de enero). Bien, eso era asumible. Eran fantasías para alegrarnos la niñez... como si hiciera falta. Pero resultó que no, que tampoco la gente andaba por su derecha. Ocurre desde hace años; tal vez los más viejos del lugar me digan que ha ocurrido siempre. Pero descubrirlo fue una puñalada trapera. ¿Dónde se habían criado estas personas que me llevaban por delante cada vez que intentaba llevar mi derecha? Al principio me consoló la idea de que ocurría en la gran ciudad, en mi caso en Madrid. Pero con los años, cada vez que volvía a Valladolid, descubría que me llevaba los mismos empujones por querer andar como mi madre me había enseñado. Pese a todo sigo versus mundo (¿Hasta cuándo? ¿Seré práctico algún día?). Sigo andando por mi derecha, empeñado en dar un poco de orden al trasiego de peatones por las calles. Pero no hay manera. Codazos, golpes, tropezones... y sorprendentemente pocas miradas airadas. Todos consideran normal que al andar uno vaya chocándose con los otros peatones; se han acostumbrado; pocos se giran. Como autos de choque, pero sin diversión.

El conflicto, que para mí lo es porque afecta a mi relación con el mundo, no está en la imposibilidad de ejercer eso que antiguamente llamaban urbanidad. El conflicto está en que ese andar por mi derecha es una metáfora. Obviamente. Una metáfora de un mundo demasiado caótico para mí; de una realidad que cada día se parece más a una selva. La norma es: no esperes nunca nada de otro. Cuando mi madre me enseñó a ir por mi derecha, me hizo ver que había una norma, algún valor, algún principio al que ceñirse, aunque sólo fuera para andar ¡tranquilamente! por la calle. Y lo peor, me hizo creer que los demás también se iban a empeñar en cumplirlo; que andarían por su derecha y todos tan felices. Es como si viviera en una selva, desde siempre, y hubiera tardado en darme cuenta, en aceptarlo, asumirlo. Y claro, me digo, ahora ya es tarde. Normas, valores... piedra. Acaso madera, que la prefiero. Pero no, ya ha venido Bauman para ponerle nombre: vivimos en un mundo líquido, una realidad líquida, con una moral líquida, un arte líquido... amor líquido. El libro se titulará El día en que dejé de andar por mi derecha, si es que algún día lo escribo.

A veces pienso, como si de la cuadriga del malo de la carrera de Ben-Hur se tratase, en colocarme una coraza con pinchos afilados a la altura de mis codos y mis antebrazos... se iban a enterar!
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Nombres

martes, 9 de diciembre de 2008
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Bajo este cielo, la armonía está hecha de sustantivos, pocos, pero no de verbos.
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Niño

lunes, 8 de diciembre de 2008
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En El cielo sobre Berlín, de Wim Wenders, Bruno Ganz recitaba este poema de mi maestro Peter Handke. Me limito a hacerme eco de su belleza, su certeza.

Canción de la niñez (Lied Vom Kindsein)
(Traducción de Gabriela Fanzone)


Cuando el niño era niño,
andaba con los brazos colgando,
quería que el arroyo fuera un río,
que el río fuera un torrente,
y este charco el mar.

Cuando el niño era niño,
no sabía que era niño,
para él todo estaba animado,
y todas las almas eran una.

Cuando el niño era niño,
no tenía opinión sobre nada,
no tenía ningún hábito,
frecuentemente se sentaba en cuclillas,
y echaba a correr de pronto,
tenía un remolino en el pelo
y no ponía caras cuando lo fotografiaban.

Cuando el niño era niño
era el tiempo de preguntas como:
¿Por qué yo soy yo y no soy tu?
¿Por qué estoy aquí y por qué no allá?
¿Cuándo empezó el tiempo y dónde termina el espacio?
¿Acaso la vida bajo el sol es tan solo un sueño?
Lo que veo oigo y huelo,
¿no es sólo la apariencia de un mundo frente al mundo?
¿Existe de verdad el mal
y gente que en verdad es mala?
¿Cómo es posible que yo, el que yo soy,
no fuera antes de existir;
y que un día yo, el que yo soy,
ya no seré más éste que soy?

Cuando el niño era niño,
no podía tragar las espinacas, las alubias,
el arroz con leche y la coliflor.
Ahora lo come todo y no por obligación.

Cuando el niño era niño,
despertó una vez en una cama extraña,
y ahora lo hace una y otra vez.
Muchas personas le parecían bellas,
y ahora, con suerte, sólo en ocasiones.
Imaginaba claramente un paraíso
y ahora apenas puede intuirlo.
Nada podía pensar de la nada,
y ahora se estremece ante a ella.

Cuando el niño era niño,
jugaba abstraído,
y ahora se concentra en cosas como antes
sólo cuando esas cosas son su trabajo.

Cuando el niño era niño,
como alimento le bastaba una manzana y pan
y hoy sigue siendo así.

Cuando el niño era niño,
las moras le caían en la mano como sólo caen las moras
y aún sigue siendo así.
Las nueces frescas le eran ásperas en la lengua
y aún sigue siendo así.
En cada montaña ansiaba
la montaña más alta
y en cada ciudad ansiaba
una ciudad aún mayor
y aún sigue siendo así.
En la copa de un árbol cortaba las cerezas emocionado
como aún lo sigue estando.
Era tímido ante los extraños
y aún lo sigue siendo.
Esperaba la primera nieve
y aún la sigue esperando.

Cuando el niño era niño,
tiraba una vara como lanza contra un árbol,
y ésta aún sigue ahí, vibrando.

Peter Handke
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Alemán

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Es ingenuo, pero lo que yo busco es un orden justo de las cosas. Y ese orden, si lo es, sólo lo hallo en la naturaleza. ¿Orden o descanso? Pero no lo encuentro entre arboledas y ríos porque cuelgue de sus ramas o fluya en sus corrientes, sino porque yo propicio ese orden. Es mi percepción la que invoca un orden justo; la que lo interpreta, lo inventa. Alguien me dirá que llevado de un impulso estético, nada más. Y otro me recordará que en esa naturaleza que idealizo ingenuamente impera, con crueldad, la ley del más fuerte.

Mi exigencia -¿a quién le exige aquel que no tiene fe en dios alguno?- de un orden justo -el pequeño fascista que llevo dentro... "me roba todo, hasta el café"- me lleva a Hermann Broch (te recomiendo que leas su trilogía 'Los sonámbulos'): "Primero hay que dejar el mundo sin aire, vaciarlo como si se pusiera bajo una campana neumática... la nada". Esa búsqueda es la que hace de mí un hombre versus mundo. Airado, indignado tantas veces para vuestra chanza; peleado con el mundo, pero no con la vida. Germánico, también por ingenuo.
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Ir

domingo, 7 de diciembre de 2008
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A nadie le interesa el paisaje; a nadie le interesa lo que transcurre durante el viaje al otro lado del cristal, lo que queda entre punto y punto. Llegar es el único propósito, lo único que importa. Así viajan, ávidos de inmediatez, de presente. Pero es en realidad lo contrario. Esa inmediatez que pretenden les deja fuera del presente, les sitúa en una constante huida hacia adelante, en un espacio previo al futuro, pero posterior al presente. Un no-lugar. Se mueven perdidos, confusos, de punto a punto. Sin reflexión, sin conciencia. Desconocen que el pensamiento se encuentra en ese paisaje; se genera a su paso. Acompasar tiempo y espacio, reconociendo lo que transcurre a nuestro paso. Ir es más importante que llegar...
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Castilla

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Vivir en un paisaje. Un paisaje absoluto, contundente. De una simplicidad arrolladora. De una dureza de piedra. De una firmeza que agota la conciencia. ¿Quién querría vivir en un lugar tan absoluto, tan impropio de lo humano?
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Ciudad

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En el siglo XIV, Fray Giordano da Rivalto elogiaba el nacimiento de las ciudades, "porque la gente tiene el gusto de juntarse". Hoy ya no cabe decir lo mismo. Oxidado ya el mito baudeleriano de la gran ciudad (expresión que siempre recuerdo en labios de Francisco Umbral: "Qué inmensa soledad la triste compañía de Baudelaire"), sólo se me ocurre ver la ciudad, a la gran ciudad me refiero, como un obstáculo para que la gente esté "junta", como describía aquel fraile. La ciudad esconde lo que al tiempo te ofrece. La ciudad -arrastrada por su complejidad orgánica- termina por interponerse, por impedir que la gente esté junta, esto es, unida, vinculada. La gran ciudad nos camela con la oportunidad de una rica oferta cultural, deseable, pero al tiempo ella es el obstáculo para llegar a ese tesoro que nos hará mejores (seres inocentes como yo lo creemos). 500 años antes que Da Rivalto, el pensador musulmán Al Farabi comparaba la ciudad con un cuerpo perfecto y sano, y como en éste todos debían ayudarse para obtener la felicidad. Toca regresar, volver a ocupar sitio en la naturaleza. Las nuevas tecnologías nos lo permiten. No hay necesidad de seguir siendo exclavos de la gran ciudad. Ni siquiera por un afán cultural es ya necesario. Querido Nerón, vuelve.
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Pájaro

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Si existiera, la verdadera alegría de Dios no estaría en los templos que se levantan en su nombre, sino en los cientos de pájaros que gorjean su dicha de ser dentro del campanario de una iglesia (recuerdo Ciudad Rodrigo).
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Inspiración

sábado, 6 de diciembre de 2008
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Anoche, cuando ya dormías, acariciaba tu melena, tu pelo rojo. Esa calidez que tanto te gusta. Las yemas de mis dedos recorriendo suaves tu cabeza. Ruta de seda. Como si el cuerpo -el mío cuando tú me acaricias- pudiera entonces empezar a ser. Anoche acariciaba tu cabeza, esa que ya soñaba, esa que ya no podía saber del afecto entregado de mis dedos. Después, en sueños, me abrazaste.
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Yo (casi)

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dos y estoy en los dos".

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